No sé si será maravilloso, como dice la canción; pero en este caso el viaje no es a Mallorca sino a Valencia. Repito experiencia, tras el desastre contra el Levante: no quiero ni acordarme y confío en que cambien las tornas; entonces era más fácil haber salido contento. Porque aunque los valencianistas están en horas bajas siguen siendo tigres, peligrosos en cualquier caso. Y es que además tienen heridas por todos lados: no vamos con la intención de hacer sangre pero impera la ley de la jungla, señores.
Por no llamar al mal fario del cuento de la lechera no quiero ni mencionar qué pasaría de ganar mañana domingo. Basta echar un vistazo a la clasificación y hacer la cuenta de la vieja para saberlo. Si se pierde y se da la imagen del Nou Camp o la del Bernabeu tampoco me volveré descontento pero empiezo a acostumbrarme a esta dictadura del resultado y el jogo bonito se me antoja cada vez más secundario. Y que estalle Mestalla, que yo me vuelvo para Almería.
Pase lo que pase, recibimos después al Madrid. No sé cuál será el balance de Valencia pero mi viaje, como los anteriores para seguir al Almería, se debe en parte a cuestiones económicas. Sí, los pobres hacemos números y vemos que desplazarse no supone más de 50 euros, 60 por el extra de gasoil en el caso de Barcelona. Y mañana, si aún hay entradas a 20 euros, quizá gaste menos aún. Porque aquí la más barata suele valer 45 -contra el Espanyol me los ahorré, lo reconozco-; y para el día D doblamos precios: 90 euros, menudo viaje. Si yo fuera rico…
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