Seguramente no es la mejor crónica de un concierto de Manolo García. No lo pretendo. Sólo hay intención de plasmar en líneas lo que no he podido escribir en papel de periódico. De reflejar lo que para mí fue una noche de música y sensaciones, de colores, olores. De sentidos.
La Feria era el marco. Un entorno festivo que puede desorientar a cualquiera; pero nada grave. Por suerte el pintor fue cortesmente impuntual, lo justo para dar tiempo a llegar a los rezagados e incluso para que algunos se aseguraran beber y volver a beber. El artista no se hizo esperar mucho y empezó a cubrir su paleta con colores que evocaban viajes, que te transportaban a lugares lejanos sin salir del recinto.
Pronto fue dando forma a sus últimos cuadros, mezclados con otros lienzos ya conocidos pero siempre renovados para la ocasión. Pintó Manolo mucha variedad musical, con el flamenco predominante, a lo Julio Romero de Torres. Lirismo poético coreado por miles de personas, entre las que me encontraba. Entre las que el mismo señor García se entremezcló, uno de los múltiples secretos que sabiamente había desvelado mi compañera de velada.
El artista fue más humanista que nunca: desempeñó todas las artes imaginables, traspasando con creces su supuesto corsé de músico. Por ser fue hasta torero, ovacionado a cada capotazo de garganta con olés, plantado con porte a lo José Tomás sobre un escenario que también se recorrió de cabo a rabo, vuelta al ruedo incluida.
Hubo cambios de tercio con la afición pidiendo más y el maestro no defraudó. Enseñó una vitalidad envidiable y unas tablas que garantizan éxito. Mucha variedad cromática con pinceladas de locura, cuerdas de guitarras y violín, tambores y otros complementos usados por los ayudantes de su escuela.
Manolo García no olvidó que antes fue de los últimos en la fila, para alegría y agradecimiento desde las primeras a las últimas que vibraban en aquel recinto. Esculpió pájaros de barro y enseñó fotos a contraluz para cantar retales de su vida. De la mía, de la tuya y de la de todos, que para eso es un pintor costumbrista, un cronista de costumbres que relata relatos con impecable sencillez. Creador de pequeñas obras de arte, en tres horas creó para dar y regalar. Se agradece.
domingo, 24 de agosto de 2008
jueves, 14 de agosto de 2008
Tu casa sin tí
Sabía que sería extraña tu casa sin tí. Sin tí tu casa huele casi igual de bien que contigo. Pero parece más grande, enorme, sólo conmigo. Solo, me harté de dar vueltas esperando. Esperé pero no a que tú vinieras porque no vendrías. No tenía perrita que me ladrase ni tortuga siquiera. Plantas sí, esas únicas habitantas vivas que esperaban jardinero como agua de mayo. Luego vino la fiesta, con amigos y sin tí, cuando yo fui tú y abrí la puerta. Esa que me abriste un día sabiendo que volvería una y otra vez. Aquel día que me escribiste los números que llevan a ella, previo paso por el portal que también está siempre abierto para mí.
Fue un flechazo. En esa terraza me enamoré. De ella misma. De esas vistas, de las tardes de verano. Pasaba el tiempo y allí seguía sin darme cuenta, en doble fila, aparcado en tu casa. Se me hacía de noche, luego parecía que no amanecía porque eran eternas las madrugadas; pero la mañana también llegaba. Disimular; mirar a los lados; jugar con fuego; vuelta a empezar; darnos libre; echar de más; darnos mucho; mirarnos a los ojos; no disimular. Todo eso y más.
Te eché de menos mientras esperaba; luego menos porque me convertí en tí mientras hicimos el agosto a tu costa pero sin provocar grandes daños ni quejas vecinales. Las horas pasaron rápido, como de costumbre, como cuando estás tú, pero no se hizo de día... Por poco. Por eso tenía que volver. Y volví, para comprobar con calma que todo estaba en orden. Era otra tarde extraña pero más temprano que la anterior. Y esta vez no esperaba a nadie.
Tampoco me convertí en tí, quizá sólo un poco. Volvía a oler bien y eso me tranquilizaba; es un aroma agradable que invita a quedarse. Y eso hice, pasando la tarde sentado en ese sillón, la tele encendida. Pero dando vueltas, aunque sólo fuera con la mirada, buscando recuerdos sin querer queriendo. Tardes de junio, noches de julio. Ahí estaban y allí seguirán porque el recuerdo siempre queda. Porque aunque tú ahora no tienes tus propias llaves y yo sí pero no las usaré, porque aunque todo tiene fecha de caducidad, la memoria no me falla y me recuerda que no te olvides de que estarás en mí. Nos hemos dado ya más de lo que esperábamos y eso ahí queda. Para siempre.
Fue un flechazo. En esa terraza me enamoré. De ella misma. De esas vistas, de las tardes de verano. Pasaba el tiempo y allí seguía sin darme cuenta, en doble fila, aparcado en tu casa. Se me hacía de noche, luego parecía que no amanecía porque eran eternas las madrugadas; pero la mañana también llegaba. Disimular; mirar a los lados; jugar con fuego; vuelta a empezar; darnos libre; echar de más; darnos mucho; mirarnos a los ojos; no disimular. Todo eso y más.
Te eché de menos mientras esperaba; luego menos porque me convertí en tí mientras hicimos el agosto a tu costa pero sin provocar grandes daños ni quejas vecinales. Las horas pasaron rápido, como de costumbre, como cuando estás tú, pero no se hizo de día... Por poco. Por eso tenía que volver. Y volví, para comprobar con calma que todo estaba en orden. Era otra tarde extraña pero más temprano que la anterior. Y esta vez no esperaba a nadie.
Tampoco me convertí en tí, quizá sólo un poco. Volvía a oler bien y eso me tranquilizaba; es un aroma agradable que invita a quedarse. Y eso hice, pasando la tarde sentado en ese sillón, la tele encendida. Pero dando vueltas, aunque sólo fuera con la mirada, buscando recuerdos sin querer queriendo. Tardes de junio, noches de julio. Ahí estaban y allí seguirán porque el recuerdo siempre queda. Porque aunque tú ahora no tienes tus propias llaves y yo sí pero no las usaré, porque aunque todo tiene fecha de caducidad, la memoria no me falla y me recuerda que no te olvides de que estarás en mí. Nos hemos dado ya más de lo que esperábamos y eso ahí queda. Para siempre.
domingo, 10 de agosto de 2008
Semana grande (de domingo a domingo)
Domingo 10, a las 10 y 10 de la noche. Doy por cerrada una gran semana, la que hace justo 7 noches me llevó al pueblo, donde volví a dormir después de mucho tiempo. El lunes madrugué, pese a que llevaba ya varios días -un largo finde- de teóricas vacaciones, las que ahora he puesto en práctica. No me quejo de los días previos, tampoco de las semanas, los meses ni los años anteriores -aunque sea mucho remontarse en el tiempo-. Pero esta semana me ha traido recuerdos y sensaciones que no tenía desde hace justo un año y estoy encantado.
Por desgracia me quedé sin viaje a Lisboa en junio; tampoco he ido ahora a Zaragoza. Pero sin salir de la provincia también se puede ser feliz y desconectar de la monotonía. Ese lunes tampoco fui a la playa con unos amigos ni me los crucé con la bici. Sin embargo, la noche nos volvió a unir en esa casa que tanto he pisado y que ya nos juntó casi un año atrás. Nada mal para empezar, la semana empezaba con un poco de todo, empezando por la familia, claro.
El martes tocaba currar en ese juego periodístico al que acabaré acostumbrándome si no me vuelvo loco antes. Ya por la tarde, de nuevo una llamada de uno que también tiene fama de conocer bien la locura, un plan inocente y una tarde-noche variada y entretenida, con compras, tintos, tapas, mujeres y cervezas de por medio. Nada comparado con el miércoles, cuando los planes de ir al gimnasio se cumplieron pero no los de después de ir a comer con amigos o familia: una especie de secuestro consentido me llevó a San José, para terminar a las tantas de la madrugada y habiendo pasado por restaurantes, calas, terrazas, bares, jaimas, etc. Abrir los ojos y sentirte en casa no tiene precio.
El jueves volvimos al lugar del crimen pero acabamos de forma distinta y antes. Se agradece; ya el viernes, vuelta a mi curro extra, visita sorpresa de una compañera suertuda y noche de cena y guitarreo en una casa que no es mía pero en la que me siento como en ella. Y muchos más sentimientos de los que quizás, quizás, quizás hable pronto. El sábado tocaba recuperar el ciclismo para no olvidar los tres días consecutivos de bici de una semana atrás; luego, aceptar la invitación de ese gran amigo del que apenas me he separado estos días -para compensar lo que hemos podido dejar de vernos últimamente- y volver a vivir un plan playero junto a él y esta vez también con su hermano y otro grande que allí acudió y al que alojé por la noche, tras las tapas de paso y las copas preceptivas por el centro -de Almería, una vez cancelado el viaje a Alicante o la ruta por Mojácar-.
Hoy domingo sólo podía seguir por la tele los Juegos, sin emular a ningún ciclista esta vez, haciendo tiempo para iniciar una nueva excursión al Felipe, ese sitio en el que hemos batido un récord de 18 cervezas por cabeza, con sus correspondientes tapas y hasta sus copones. Copón maldito que ya no podía acabar y que, junto a lo anterior, el sol, otra vez la playa y el trayecto en coche pues me tiene en este estado de atontamiento. Pero el balance es muy posistivo. Miedo me da la semana que empieza mañana lunes. No hay nada definido pero grandes planes sobrevuelan de nuevo a ras. El caso es no parar. Esto me suena. Me encanta.
Por desgracia me quedé sin viaje a Lisboa en junio; tampoco he ido ahora a Zaragoza. Pero sin salir de la provincia también se puede ser feliz y desconectar de la monotonía. Ese lunes tampoco fui a la playa con unos amigos ni me los crucé con la bici. Sin embargo, la noche nos volvió a unir en esa casa que tanto he pisado y que ya nos juntó casi un año atrás. Nada mal para empezar, la semana empezaba con un poco de todo, empezando por la familia, claro.
El martes tocaba currar en ese juego periodístico al que acabaré acostumbrándome si no me vuelvo loco antes. Ya por la tarde, de nuevo una llamada de uno que también tiene fama de conocer bien la locura, un plan inocente y una tarde-noche variada y entretenida, con compras, tintos, tapas, mujeres y cervezas de por medio. Nada comparado con el miércoles, cuando los planes de ir al gimnasio se cumplieron pero no los de después de ir a comer con amigos o familia: una especie de secuestro consentido me llevó a San José, para terminar a las tantas de la madrugada y habiendo pasado por restaurantes, calas, terrazas, bares, jaimas, etc. Abrir los ojos y sentirte en casa no tiene precio.
El jueves volvimos al lugar del crimen pero acabamos de forma distinta y antes. Se agradece; ya el viernes, vuelta a mi curro extra, visita sorpresa de una compañera suertuda y noche de cena y guitarreo en una casa que no es mía pero en la que me siento como en ella. Y muchos más sentimientos de los que quizás, quizás, quizás hable pronto. El sábado tocaba recuperar el ciclismo para no olvidar los tres días consecutivos de bici de una semana atrás; luego, aceptar la invitación de ese gran amigo del que apenas me he separado estos días -para compensar lo que hemos podido dejar de vernos últimamente- y volver a vivir un plan playero junto a él y esta vez también con su hermano y otro grande que allí acudió y al que alojé por la noche, tras las tapas de paso y las copas preceptivas por el centro -de Almería, una vez cancelado el viaje a Alicante o la ruta por Mojácar-.
Hoy domingo sólo podía seguir por la tele los Juegos, sin emular a ningún ciclista esta vez, haciendo tiempo para iniciar una nueva excursión al Felipe, ese sitio en el que hemos batido un récord de 18 cervezas por cabeza, con sus correspondientes tapas y hasta sus copones. Copón maldito que ya no podía acabar y que, junto a lo anterior, el sol, otra vez la playa y el trayecto en coche pues me tiene en este estado de atontamiento. Pero el balance es muy posistivo. Miedo me da la semana que empieza mañana lunes. No hay nada definido pero grandes planes sobrevuelan de nuevo a ras. El caso es no parar. Esto me suena. Me encanta.
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