domingo, 10 de agosto de 2008

Semana grande (de domingo a domingo)

Domingo 10, a las 10 y 10 de la noche. Doy por cerrada una gran semana, la que hace justo 7 noches me llevó al pueblo, donde volví a dormir después de mucho tiempo. El lunes madrugué, pese a que llevaba ya varios días -un largo finde- de teóricas vacaciones, las que ahora he puesto en práctica. No me quejo de los días previos, tampoco de las semanas, los meses ni los años anteriores -aunque sea mucho remontarse en el tiempo-. Pero esta semana me ha traido recuerdos y sensaciones que no tenía desde hace justo un año y estoy encantado.
Por desgracia me quedé sin viaje a Lisboa en junio; tampoco he ido ahora a Zaragoza. Pero sin salir de la provincia también se puede ser feliz y desconectar de la monotonía. Ese lunes tampoco fui a la playa con unos amigos ni me los crucé con la bici. Sin embargo, la noche nos volvió a unir en esa casa que tanto he pisado y que ya nos juntó casi un año atrás. Nada mal para empezar, la semana empezaba con un poco de todo, empezando por la familia, claro.
El martes tocaba currar en ese juego periodístico al que acabaré acostumbrándome si no me vuelvo loco antes. Ya por la tarde, de nuevo una llamada de uno que también tiene fama de conocer bien la locura, un plan inocente y una tarde-noche variada y entretenida, con compras, tintos, tapas, mujeres y cervezas de por medio. Nada comparado con el miércoles, cuando los planes de ir al gimnasio se cumplieron pero no los de después de ir a comer con amigos o familia: una especie de secuestro consentido me llevó a San José, para terminar a las tantas de la madrugada y habiendo pasado por restaurantes, calas, terrazas, bares, jaimas, etc. Abrir los ojos y sentirte en casa no tiene precio.
El jueves volvimos al lugar del crimen pero acabamos de forma distinta y antes. Se agradece; ya el viernes, vuelta a mi curro extra, visita sorpresa de una compañera suertuda y noche de cena y guitarreo en una casa que no es mía pero en la que me siento como en ella. Y muchos más sentimientos de los que quizás, quizás, quizás hable pronto. El sábado tocaba recuperar el ciclismo para no olvidar los tres días consecutivos de bici de una semana atrás; luego, aceptar la invitación de ese gran amigo del que apenas me he separado estos días -para compensar lo que hemos podido dejar de vernos últimamente- y volver a vivir un plan playero junto a él y esta vez también con su hermano y otro grande que allí acudió y al que alojé por la noche, tras las tapas de paso y las copas preceptivas por el centro -de Almería, una vez cancelado el viaje a Alicante o la ruta por Mojácar-.
Hoy domingo sólo podía seguir por la tele los Juegos, sin emular a ningún ciclista esta vez, haciendo tiempo para iniciar una nueva excursión al Felipe, ese sitio en el que hemos batido un récord de 18 cervezas por cabeza, con sus correspondientes tapas y hasta sus copones. Copón maldito que ya no podía acabar y que, junto a lo anterior, el sol, otra vez la playa y el trayecto en coche pues me tiene en este estado de atontamiento. Pero el balance es muy posistivo. Miedo me da la semana que empieza mañana lunes. No hay nada definido pero grandes planes sobrevuelan de nuevo a ras. El caso es no parar. Esto me suena. Me encanta.

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