Seguramente no es la mejor crónica de un concierto de Manolo García. No lo pretendo. Sólo hay intención de plasmar en líneas lo que no he podido escribir en papel de periódico. De reflejar lo que para mí fue una noche de música y sensaciones, de colores, olores. De sentidos.
La Feria era el marco. Un entorno festivo que puede desorientar a cualquiera; pero nada grave. Por suerte el pintor fue cortesmente impuntual, lo justo para dar tiempo a llegar a los rezagados e incluso para que algunos se aseguraran beber y volver a beber. El artista no se hizo esperar mucho y empezó a cubrir su paleta con colores que evocaban viajes, que te transportaban a lugares lejanos sin salir del recinto.
Pronto fue dando forma a sus últimos cuadros, mezclados con otros lienzos ya conocidos pero siempre renovados para la ocasión. Pintó Manolo mucha variedad musical, con el flamenco predominante, a lo Julio Romero de Torres. Lirismo poético coreado por miles de personas, entre las que me encontraba. Entre las que el mismo señor García se entremezcló, uno de los múltiples secretos que sabiamente había desvelado mi compañera de velada.
El artista fue más humanista que nunca: desempeñó todas las artes imaginables, traspasando con creces su supuesto corsé de músico. Por ser fue hasta torero, ovacionado a cada capotazo de garganta con olés, plantado con porte a lo José Tomás sobre un escenario que también se recorrió de cabo a rabo, vuelta al ruedo incluida.
Hubo cambios de tercio con la afición pidiendo más y el maestro no defraudó. Enseñó una vitalidad envidiable y unas tablas que garantizan éxito. Mucha variedad cromática con pinceladas de locura, cuerdas de guitarras y violín, tambores y otros complementos usados por los ayudantes de su escuela.
Manolo García no olvidó que antes fue de los últimos en la fila, para alegría y agradecimiento desde las primeras a las últimas que vibraban en aquel recinto. Esculpió pájaros de barro y enseñó fotos a contraluz para cantar retales de su vida. De la mía, de la tuya y de la de todos, que para eso es un pintor costumbrista, un cronista de costumbres que relata relatos con impecable sencillez. Creador de pequeñas obras de arte, en tres horas creó para dar y regalar. Se agradece.
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1 comentario:
Amigoooo, mira a ver si pierdes el coche con tanto gris camuflaje! te cambio al manolón por los estoparios... nos vemos en los bares.
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